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lunes, 12 de septiembre de 2011

Los Vulcanos y el 11-S



Ahora que el principal artífice del mayor atentando terrorista cometido nunca en Estados Unidos ha muerto, y cuando se cumplen 10 años del ya para la historia 11-S, quizás sea una buena ocasión de releer las páginas del libro “Los Vulcanos. El gabinete de guerra de Bush”[1], del periodista norteamericano James Mann.

Los Vulcanos eran Dick Cheney, Donald Rumsfeld, Collin Powell, Condoleeza Rice, Paul Wolfowitz y Richard Armitage, entre otros, el gabinete de guerra de Bush. Estos hombres fogueados en las Administraciones de Nixon, Reagan y George Bush padre, a excepción de Condoleeza Rice, volvían de nuevo a dirigir la estrategia militar de la primera potencia del mundo. Con la tragedia de los ataques “aeroplaneados” encontraron de nuevo la oportunidad de poner en práctica aquello que mejor sabían hacer: la guerra.

Los preparativos para el nuevo enfrentamiento que se disponía afrontar Estados Unidos seguían una no tan antigua práctica llevada a cabo durante los años de Reagan. En esencia consistían en un retiro muy poco espiritual al que se sometían tanto Cheney como Rumsfeld durante la década de los ochenta. James Mann nos lo relata de la siguiente manera: “Al menos una vez al año durante la década de los ochenta, Dick Cheney Donald Rumsfeld se esfumaban. (…) Rumsfeld y Cheney se erigían en figuras principales en uno de los programas más confidenciales de cuantos se desarrollaron bajo la Administración Reagan. En él, la Administración, de forma furtiva, llevaba a cabo minuciosos ejercicios para establecer un nuevo “presidente”, y su gabinete, transgrediendo las especificaciones recogidas en la Constitución de Estados Unidos, cuyo objetivo era mantener el gobierno federal en funcionamiento durante y después de una guerra nuclear contra la Unión Soviética”.

El enemigo no estaba al otro lado del telón de acero, su cara aparecía en los informativos de todo el mundo: turbante a la cabeza y dedo erguido hacia el cielo. Cuando el martes 11 de septiembre de 2001 varios aviones se empotraron contra diferentes objetivos civiles y militares en Nueva York y Washington D.C. Dick Cheney, entonces vicepresidente de Estados Unidos, llamó al hijo de su antiguo empleador, y a la sazón nuevo presidente americano, George W. Bush, y le pidió que permaneciera fuera de la capital. Rumsfeld hizo lo propio con su adjunto Paul Wolfowitz. Finalmente, el propio Cheney “en persona comenzó a desplazarse desde Washington hasta una u otra “localización no revelada” tras el 11 de septiembre”.

Lo que vino a continuación ya lo conocemos todos. Algunas de las guerras desatadas aquellos días todavía causan bajas civiles y militares en uno y otro lado. En Irak hay una relativa calma y las tropas americanas tienen ya fecha de retirada; Afganistán es otra cosa, siempre lo ha sido desde los días del “Gran Juego”; y Pakistán es un volcán durmiente a punto de estallar en cualquier momento, máxime después de la eliminación de Osama Bin Laden en su territorio a manos de unos comandos americanos.

Cuando se cumplen 10 años de aquel gran magnicidio, apenas sabemos nada del paradero de los Vulcanos. George W. Bush apareció recientemente entrevistado en un canal de televisión rememorando sus primeras horas tras la gran tragedia. El libro de James Mann tiene la virtud de indagar en la personalidad de algunos de aquellos personajes que decidieron los designios del nuevo-viejo orden mundial en el que vivimos. Las llamas de aquel incendio todavía no se han extinguido.


[1] Los Vulcanos. El gabinete de guerra de Bush, James Mann, Almed, 2007.

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